Moxaca Radio

Una golondrina que sí hizo llover

Una golondrina que sí hizo llover

Por Juan Felipe Balaguera

Desafortunadamente —o quizá afortunadamente— ha muerto una persona. Y digo afortunadamente porque su partida nos recuerda su legado. Porque ahora que ya no está en este plano, recordamos todo lo bueno que fue. Nos damos cuenta de que muchas de las causas que él defendía, que para nosotros podían parecer mínimas, eran en realidad inmensas… solo que la inmediatez del día a día nos impide ver su verdadero tamaño.

Desafortunadamente, también, porque ya no va a estar en este mundo dejando huellas. Siempre es la misma historia: tenemos que perder algo para darnos cuenta de lo grande que era, del valor que tenía en esta vida.

Hoy hablo de Jorge Mario Bergoglio, un latino como nosotros. No como la mayoría, sino como la minoría que aún piensa en el otro. Tal vez porque, como muchos de nosotros, creció en una familia de clase media donde enseñan a vivir con lo mínimo, pero con la convicción de no darle la espalda al desprotegido.

Y así fue él. Por más rangos o jerarquías que alcanzó, nunca olvidó de dónde venía. Porque cuando tienes buenas bases, valores fuertes, no hay poder que te haga perder el rumbo.

Este viejo llegó a ser Papa —uno de los cargos más altos del poder mundial— y aun así, ese poder no lo cegó. Al contrario: entró a cambiar desde adentro lo que consideraba injusto. Puso en voz pública temas tabúes y escandalosos como la pederastia en la Iglesia. Luchó por tratar a todos por igual, rompió barreras de color, de género, de identidad, y habló con respeto de la comunidad LGTBIQ+, siendo uno de los primeros en el Vaticano en llamar al diálogo, en pedir que se deje de condenar desde el odio.

Lavó los pies de presos en Semana Santa, entre ellos personas musulmanas, ateas, mujeres y migrantes, demostrando que el perdón y la dignidad humana no se negocian, que no existe privilegio en el amor ni en el derecho a empezar de nuevo. Nos enseñó que el rencor no sirve de nada, que solo enferma el alma y frena los cambios que este mundo, tan lleno de heridas, necesita.

También fue un defensor de los animales y del ambiente, porque entendió que no podemos hablar de humanidad si destruimos el espacio que habitamos. Nos recordó que este planeta no nos pertenece, que estamos de paso, y que actuamos como un cáncer que, con su codicia, no ha encontrado cura. Nos pidió cuidar el aire, el agua, los bosques, a los gatos y a los perros, a los pequeños seres que nos acompañan en este viaje, como quien protege a su propia sangre.

Habló del divorcio como una decisión honesta cuando el amor y la confianza se han perdido. Dijo que no tiene sentido mantener un ritual vacío de “hasta que la muerte los separe” cuando ya no hay diálogo, cuando en lugar de hogar solo queda una casa fría con una argolla oxidada en el dedo. Y fue coherente. Porque entendió que es más valiente separarse con respeto que vivir juntos en mentira.

Así mismo, cuestionó muchas veces los formalismos que se quedan solo en ceremonia. Le preguntó una vez a unos padres si sabían qué significaba realmente bautizar a un niño, y les recordó que más allá de un poco de agua sobre la cabeza, lo importante era lo que se siembra en el corazón. Que no se pertenece a una Iglesia por un papel o un rito, sino por los actos, por la compasión, por la forma de tratar al otro. Que un bautizo, como cualquier ritual, es solo el inicio, pero la verdadera fe se demuestra en la vida diaria.

Hizo visible lo invisible. Fue el Papa más austero, cambiando lujos por actos. Dedico su vida al mensaje de paz, un ideal que puede parecer utópico en este siglo de guerras, tecnologías y caos… pero él tenía fe. Como Jesús de Nazaret —su mayor inspiración—, creyó que, con amor y fe, todo era posible.

Como dice mi viejo: una sola golondrina no hace llover… pero Bergoglio fue esa golondrina. Ese grano de mostaza. Esa chispa que recordó a muchos que el cambio no depende de las multitudes, sino de quien se atreva a intentarlo primero.

Y hoy ya no está con nosotros. El Camarlengo lo dijo esa mañana de lunes 21 de abril 2025:
«È tornato alla casa del Padre»«Ha regresado a la casa del Padre».

Muere en plenas Pascuas. Justo después de la Semana Mayor, como queriéndonos recordar que la vida es eterna si se siembra en la memoria colectiva. Y eso es él: memoria colectiva.

Fue alguien como nosotros, con pasiones terrenales como el fútbol —hincha confeso de San Lorenzo— y con un compromiso profundo por quienes no tenían voz. Sabía que cambiar el sistema era casi imposible, pero igual lo intentó.

Decía que había que soñar y ejecutar, sin importar cuán loco fuera el sueño. Y vaya que lo hizo. Tal vez de niño solo quiso ayudar a su vecina, a su amigo… y sin querer, ayudó a gran parte del mundo.

Hoy su muerte es noticia. Ojalá su vida también lo siga siendo. Que no se trate solo de llenar su silla con alguien nuevo, sino de continuar el camino. De no dejar que esa llama se apague.

Si hoy nos conmueve esta noticia, es porque nos sentimos identificados con él. Y la mejor forma de hacer memoria es actuar: decirle a tu amigo que lo quieres, pedir perdón, llamar a tus padres, ayudar a tu vecino. Cuidar a los animales, recoger basura del parque, sembrar un árbol, apagar la luz que no usas, escuchar a quien piensa distinto, dejar de odiar por costumbre.

Cosas tan sencillas que, si se replicaran como un trend en redes, podrían lograr esos sueños que él tuvo.

Este viejo querido no quiso más guerras. Quiso sanar con diálogo.
Hoy me quedo corto para decir todo lo que me despierta su partida.

Gracias, Francisco, por visibilizar a los invisibles, por recordarnos que un gesto de bondad siempre vale la pena.
Que encuentre descanso eterno, y que su memoria siga haciendo llover sobre esta tierra seca de empatía.

Escribo estas líneas con gratitud y respeto.

Juan Felipe Balaguera
Director Creativo – Origami Producción Digital
Locutor – Moxaca Radio

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